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Almas libres de Chile

Lautaro Frank 24/10/19

El terror llegó con el lucero. Ya lo sabíamos. Este bosque no es el mejor lugar para vivir pero casi nunca no hay opciones. Desde luego, de haber podido, hubiese elegido un lugar mejor para mis hermanos y para mí. Pero esté fue él que nos tocó.

Aquí crecimos y aprendimos. Tuvimos vendavales y lluvias. Tuvimos la desidia del fuego y la traición de quienes creímos amigos. La perversión absoluta. Pero a pesar de ella y de todo, nos refugiamos. Nos unimos. Nos reconocimos mirándonos a nuestros ojos oscuros. Cada noche dormíamos con la certeza de que habíamos dado cuanto pudimos. Y despertábamos sabiendo que la Paz solo nos esperaría en algún rincón de un sueño.

Nuestros árboles, viejos y robustos, formaban un círculo alrededor de un claro. Debajo de nosotros se veía el pasto negro iluminado por unas gotas de luna. Esa noche, el bosque entero estaba envuelto en olor a cenizas y estiércol.

Los cencerros se escuchaban venir y adivinábamos cómo sus pasos iban quemando la paja. Nosotros, desde las copas, no nos atrevíamos ni a movernos. Al sentirlos, sacábamos los ojos de nuestros nidos y nos mirábamos con dolorosa incertidumbre. Apenas se movían nuestros picos para pronunciar plegarias o insultos. Siempre inaudibles.

Con angustia vimos aparecer a las bestias pardas. Salieron en masa cubriendo el claro como un huracán de demencia. Tenían bocas viscosas y navajas en cada una de sus patas. Parecían arder. Gruñían y saltaban arrancado cortezas y ramas. Nuestro olor les era intolerable. A nosotros, el suyo.

En vaivenes se lanzaron contra nuestros troncos. Los movían como juncos. Nosotros trastabillábamos golpeándonos unos contra otros. Algunos nidos resistían. Otros, comenzaron a desgajarse. Eran una máquina organizada. Lo asumíamos.

Nos sostuvimos como pudimos pero nuestras pequeñas alas y picos hablaban en otro idioma. Al cabo de un rato, el asedio comenzó a ser fecundo. Algunos comenzaron a rodar por los troncos. Otros se desprendieron desde las ramas. Todos caían en el manto oscuro y desaparecían cuando las sombras grises les pasaban por encima.

El olor fatídico fue trepando entre las hojas. Vimos a algunos de los nuestros, atrapados entre colmillos de hielo, convertirse en abanicos. Vimos también cómo el pelaje de las bestias se oscurecía por la brea, manchándolas para siempre.

Desaparecieron con el botín en sus tripas. Las plumas, adornando el claro, parecían un reflejo del cielo que nos cubría. Nos quedamos en silencio, mirándonos a nosotros mismos.

FIN

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