El escenario desierto, vacío. La música apagada aún vibraba en las cortinas. Un haz de luz que cae desde el cielo rompe la oscuridad y se clava circularmente sobre las maderas del escenario. Un público invisible y expectante alza sus manos que están al borde del aplauso.
En el inciso, comienzan a oírse entre los asientos unos pasos que avanzan. Pasos firmes que suenan a golpes de madera, a cascos de caballos que se clavan en el suelo con prestancia. Las cabezas se giran. Los ojos buscan y no encuentran. El aire se detiene en los pulmones hinchados y la incertidumbre se derrama como peste bubónica inundando sillas, muros y almas.
Un último paso se escucha. Ahora el silencio. Las parejas se toman de las manos y se aprietan, los que están sin compañía se toman con fuerza de los apoyabrazos. El aplauso cae en el olvido. Nadie lo recuerda.
Suena un golpe secó de relé y se encienden cuatro poderosas luces blancas que bañan al público de un aura fantasmal. Las caras de horror se hacen visibles. Ahora el público es el espectáculo.
