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Horacio o no

¡Ay! Horacio, Horacio… sabías que era la última oportunidad y no te importó en absoluto. Sabías lo que estabas haciendo. Ladraste como un perro y ahora estás arrastrándote por el suelo. Con un terror en los ojos que construiste poniendo un ladrillo sobre otro.

Qué vergüenza verte así, que hayas llegado a esto. Después de todo este tiempo. Todo lo que hiciste en tu vida lo destrozaste como un jarrón que arrojan contra la pared y estalla. Los despedazaste. Los tenías en tus manos, en tu palma. No te importaron sus ojitos. Cerraste tus dedos como una prensa y apretaste. Apretaste y apretaste hasta sentir el crujido y cuando la abriste solo quedaban cenizas que resbalaron al suelo. Esa mano que hubiese estado mejor metida en el bolsillo. Que te la hubiesen cortado.

Nos deshiciste a todos. Todos estos años, quince, veinte, para mostrar tu verdadera cara. Lo que sos. Pensé que eras de otra madera. Te apreciaba. Ojalá hubieras hablado conmigo. Te hubiese escuchado, porque yo también fui vos. Y sé que no es fácil. Cada día uno se levanta y trata de hacer lo mejor posible, de resistir, de no caer porque ese abismo no tiene fin. Te quedas solo, cayendo por siempre. Y no es por uno, sino para no cerrar la mano, para no destruirlos. Sé que hay días en que es como asfixiarte, que el aire no entra ni abriendo la boca de par en par y haciendo fuerza. El pecho no se hincha. Todo te aplasta, te ahoga y te sentís como un malabarista manco. Lo sé.

Pero pasa, te juro que pasa. Si hubieras hablado conmigo. Si hubieras seguido mi ejemplo. Tenías todo a tu alcance. Tu trabajo, tu casa, a ellos. Sus ojitos, tenías sus ojitos y ahora nunca más los vas a ver. Me tenías a mí, Horacio, te hubiese ayudado. Los hubiera cuidado. No hubiera permitido que pasara. Los tendrías con vos ahora, en vez de estar acá, moqueando. Estarían mirando una película todos juntos o paseando por un parque. Mirá la ventana, mirá el sol que hay.. Podría ser un día hermoso. Escucharías sus risas y podrías darles un beso en la cama antes de ir a dormir cada noche.

¿Les leías cuentos? A mí me encantaba leerle a Jazmín. Ponía su cabecita en mi hombro y yo podía sentir el perfume de su pelo. Era el aroma de mi felicidad. Mi chiquita. Ella me daba las fuerzas que necesitaba para aguantar, para no caer y ahora no la tengo, por tu culpa, Horacio, por tu miseria.

Si me lo hubiese dicho, si ella me hubiese avisado ¿Por qué te eligió? Si ella lo sabía. Ya había sufrido lo mismo conmigo. ¿Por qué con vos? ¿Por qué no eligió a otro? No siempre fui un buen padre  ¿sabes? Claro que lo sabes. Ella te lo debe haber contado. Al principio también tuve mis recaídas. Pero hay que verlo a tiempo. Uno no se lo puede permitir y vos dejaste que ocurriera. No te importó. No te importaron. Si ella me hubiese llamado, hubiese ido corriendo a quitártelos. Todavía la tendría a ella y tú los tendrías a ellos. Eran tan bonitos. Me acuerdo la primera vez que los vi. Dos gotitas de agua, llorando. Me acuerdo de sus deditos moviéndose como si hicieran bailar a unas marionetas invisibles. Tan bonitos. ¿Cómo pudiste hacerles eso? ¿Cómo no pudiste verlo?

¿Por qué no te fuiste, condenado? Mi mujer era feliz, cantaba, y también a ella me la has quitado. También la mataste. En casa solo hay pastillas y lágrimas. Escucho sus pasos livianos, pausados, dubitativos. Como si no supiera a dónde va o qué hacer y yo no puedo decirle nada. Las palabras no me salen. No tengo nada que decirle. No tengo consuelo para darle, si no nos queda nada.

Y yo he caído de nuevo, Horacio. No pude resistirlo. Ya no tengo motivos, me los quitaste. Nos destruiste a todos y no te alcanzó, Horacio, no te alcanzó. Y ahora, incluso, vas a convertirme en un asesino.

-¡Le digo que yo no soy Horacio

¡PUM!

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