Por las tardes, cuando salimos a dar un paseo, mis pies van cayendo uno delante de otro, dibujando pasos largos y apurados. A esta hora, la de la costumbre, el sol, ya oblicuo, me priva de la vista con sus últimos rayos. Envuelto en esa ceguera, resuena un murmullo que canturrea “tikitac, tikitac” con tiempo de allegro. Lo escucho como si fuera un pequeño soneto de algarabía, que me va trepando desde los tobillos y se guarece en mis orejas. Sus ojitos negros van rodando por el camino, estáticos, ostentando su longitud hipnótica. Somos eso, dos extensiones en ambos sentidos: él paralelo y yo meridiano.
Un duelo de hegemonías al alba que fue pagado con sangre. Lo sé, me lo han contando. Su furia esconde una herida, como a todos nos pasa. Veo cómo el temor incita al ataque. Deja al desnudo su faceta humana. Lo convierte en mi hermano. En ocasiones, queda al desnudo mi faceta animal y me convierto en su hermano. Por las mañanas abundan las señas, no hablamos. Es un devoto abnegado de los rayos de Sol que entran por la ventana. Baila el tatami en el salón para resolver el conflicto de un mundo que se traslada. Agradece batiendo un rabo maltrecho, que carece de elegancia pero abunda en simpatía. El resto del día nos hacemos socios de la parsimonia, de la casa en silencio, de las horas claves y la glotonería.
