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El aromo

Lautaro Frank, 23/05/2021

Es el atardecer y está sola. Está sentada en el banco de hierro verde, sobre un almohadón blanco de bordes que tienen adornos hechos en croché por una mano diestra y preocupada. El almohadón está desgastado pero mantiene un blanco puro, de productos químicos que van quemando la tela de a poco. Está sentada, en ese banco que parece pertenecerle por el derecho que otorga la costumbre. Ocupa ese lugar reservado, donde la pintura comienza a desgastarse. Ella, el banco de hierro y un aromo, que le da sombra al mediodía, conforman un triunvirato que detenta el extremo este del jardín. Justo ese rincón que nadie más quiere, porque allí las tardes envueltas en silencio y quietud se disfrazan de eternidad. Allí, en un silencio de catacumbas, los días rinden semanas, los años, décadas y una década, podrá usted imaginarse. Por eso es una esquina de la cual todos escapan, por el tormento que da la sensación de que en ella se puede vivir para siempre.

Allí, no se escucha el golpe de las piezas de dominó contra la vieja mesa de mármol, no se escuchan los chirridos de las ruedas que recorren, lentas, las sendas de cemento y piedra. Desde donde ella observa y no observa, son inaudibles los chistes que se repiten con la diligencia de una obra de teatro que se repone cada tarde, en la que los actores se confunden con el público. Ella se pierde las risitas de los pícaros y la sombras de los que se apagan. Pero no repara en esas cosas. Se queda bajo el aromo disfrutando de su sombra y del sol que le da por la tarde.

Allí está, se encuentra sola, con su almohadón, que la acompaña desde que tiene memoria, aunque su gomaespuma es mucho más joven que ella. Se queda en ese silencio, que lejos está de ser un martirio, sino todo lo contrario, porque no quiere que la interrumpan, la ayuda a concentrarse en una fotografía que parece acompañarla desde siempre, dándole un placer que se puede descubrir en el fondo de sus ojos y en una sonrisa huérfana de dientes.

El martirio para ella son los días de lluvia, que la obligan a estar entre paredes. Esos días sale a cada rato de su habitación con gesto consternado. Recorre todos los pasillos de ventana a ventana. Ya lo intentó en todas y lo sigue haciendo, pero el árbol y el banco son invisibles desde adentro. Ruega a Dios por que la lluvia pare, que se detenga. Pide por un sol radiante, cálido, que le permita salir a su rincón. Y Dios es generoso, porque allí no llueve demasiado y puede pasar casi todas las tardes al aire libre, en su banco. Allí debajo del árbol, viene a ella ese momento que hace tanto tiempo quedó atrás. Vuelve a sentir el polvo del camino que entra en el habitáculo del coche por las ventanillas bajas. Vuelve a subir la última colina desde donde se avistaba, por primera vez en todo el camino, la casa de campo. Vuelve a ver sus paredes de piedra y la chimenea y piensa que a aquella casa la arrancaron de un cuento. Al lado, ve el inmenso árbol amarillo, del que pende una hamaca hecha con un neumático. Y ve el neumático ir y venir y ese vaivén la llama, le pide que acelere. Entonces, ella acelera. Quiere llegar cuanto antes al jardín donde los gritos y risas trepan por las ramas y riegan el pasto. Acelera, y siente que es a ella a quien arrancan del mundo y la depositan en el cuento de aquella casa. Uno con inevitable final feliz.

Aquella imagen se le repite una y otra vez sin cesar, y se acomoda a ella como un gato en un cojín para hacerla más real, más propia, hasta el punto de sentirse envuelta en el aroma de aquel árbol, de estar junto a la casa. Se esfuerza en fijar cada detalle y balancea su cuerpo hacia adelante y hacia atrás, imitando el dulce vaivén de la hamaca. Revive cada sensación para saborearla en soledad y para compartirla con esa pareja de desconocidos que, de tanto en tanto, se sientan en el banco con ella y la escuchan con atención.

Es el atardecer. Ya queda poco tiempo de luz. Ella está sola y con su zapato juega con unas flores amarillas que se han desprendido del árbol. Pronto vendrán a buscarla.

FIN

1 Comment

  • ELENA
    Posted 7 de junio de 2021 at 13:20

    Me acaricias de nuevo el Alma…
    Qué bonito volver a leerte.
    ¡A por tu libro!

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