
Lautaro Frank, 17/01/2021
Un chasquido de dedos, un disparo de salida, el primer llanto. Luego, una simple e incesante sucesión de eventos. Los hechos, indefensos y sentenciados, ocurren hasta el final, no tienen otra salida. Al otro lado, la línea de meta, un último abrazo o un chasquido de dedos. Luces fuera.
En el medio estamos. Evidencias vitales del paso del tiempo. En los mejores casos, si se viven bien, los años se suceden y se acumulan y forman una buena pila. Van cayendo como piezas de dominó, uno tras otro, uno sobre otro, guardando un íntimo contacto y aparente uniformidad. Pero hay piezas que son diferentes, que desafían los elementos transversales de la secuencia. En mi vida, la decimonovena fue una de mis piezas especiales.
Un ciclo se cierra a tus espaldas como un molusco y no tienes más remedio que saltar. Con una mano te aprietas la nariz y ruegas que ese mar no sea muy profundo. En la otra sostienes una valija donde llevas todo lo que tus padres no fueron y todo aquello que ni siquiera estas seguro que quieres ser.
Finalmente, te subes a una cuerda floja de más de mil kilómetros y todo comienza. Ves abajo, muy al fondo, la ansiedad de un lado y el miedo del otro. Te alejas de tu pequeño pueblo de salitre y meseta, de veredas tan conocidas que sabes que baldosas no pisar cada vez que llueve, una a las quinientas. De caras conjugadas con historias. De calles sin asfalto donde el polvo vuela, se te impregna y es la tierra que está reclamándote como suyo. Y te vas a olvidar de los motores que rugen en tu ventana y se alejan y los sigues escuchando cuadras y cuadras convertirse en un ronroneo, que se hace más y más suave, dándote la sensación de audiometría, hasta que por fin se apaga a una distancia tal que caminando tomaría varios minutos poder llegar ahí. Luego, todo vuelve al silencio. Te vas de tu pueblo en donde las horas sobran y el tiempo apremia solo cuando ya son en punto o menos cinco, de donde todo se guisa con la olla destapada.
Y caminas por la cuerda y te acercas a un circo romano de catorce millones de seres en tensión. De boxeadores desconocidos con la guardia en alto. Saltas y clavas las pezuñas en la arena y empujas endiablado en una estampida despavorida, familiarizándote con la sospecha permanente, con sensación de presa. Y las caminatas ahora son ensordecedoras, sobre veredas eternas, grises y maltusianas. Ves que la realidad es múltiple y descubrís el dolor de las caras sucias. Te acostumbras a que los edificios te tapen el cielo y atravesar la ciudad en silencio. Ahora esta es tu casa, donde te pueden moldear sobre el yunque.
Y tenés que cambiar y lo haces, no sabes en qué medida por el tiempo o por el lugar. Te descubrís como un colono dubitativo, recorriendo rincones que te devuelven una imagen tuya que todavía no reconoces, mientras la ciudad te come a bocados, te regurgita y te transforma. Y un día, con todo eso, te vas a ir y la vas a extrañar y vas a pensar en ella como algún amor que te hizo daño. Porque estamos un poco dementes para vivir ahí, pero demencial también sería no extrañarla.
FIN

3 Comments
Carlos
Me encantó Mi bonita Buenos Aires.
Tuve una experiencia parecida pero no
igual y me imagino cuantas ansiedades
recorrerian tu mente en ese viaje a lo
desconocido. Creo que saliste triunfante
de esa aventura.
Jesica Ruiz
Hermoso cuento, hermosa historia, que
lindo y emocionante leerte por acá, tus
palabras llegan.
Besos desde Argentina
Cristina Adriana
Es precioso.
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