Skip to content Skip to footer

Francisco Rodríguez

Lautaro Frank – 19 de enero de 2020

Francisco Rodríguez existió. Hay verdad en cada una de las letras que conforman su nombre. Fue un hombre modelo del lado bueno del siglo XX. Trabajó treinta años en el mismo lugar. Yo lo conocí después, en otra oficina y en la posdata de su vida. Que yo sepa, siempre trabajó en oficinas.

Era metódico, sistemático, ordenado y paulatino. Su apariencia física armonizaba  orgánicamente con su bajo perfil. Todo en él llamaba a pasar desapercibido. Un hombre urbano, de masas. El más anónimo entre catorce millones de desconocidos. Su contextura era menuda, sus movimientos lentos, su estampa prolija, su cara afeitada, su tez pálida y su pelo blanco, siempre bien peinado. Nada fuera de lugar. Ni el portafolio de cuero negro, ni el diario doblado bajo el brazo.

Vivió en el método científico, tratando con mano de porcelana a los números, la tinta y el papel. No sé si era economista, para mí lo era, pero además de dominar el corcoveante universo de la macroeconomía, tenía una gramática exquisita. Esa cualidad lo convirtió en el último juez de los informes que elaborábamos. Por su rigurosidad y por el estado en que nos devolvía los documentos, fue bautizado como “la picadora de carne”. El apodo que le había puesto el jefe, salvo por el matiz violento, le hacía justicia.

Mirando los cajones de su escritorio uno podía adivinar aspectos de su persona fácilmente y comprender el cuadro. Cuando se cometía el improperio de deslizar los ojos dentro de ellos, se encontraba un minucioso orden. Pero no me refiero a ese orden de poner cada cosa en su lugar. Que, por supuesto, también lo tenía y a grados obsesivos. Si me hubiera querido referir a esa clase de orden probablemente hubiese escrito “pulcritud”, y la pulcritud la puede tener cualquiera. Hasta yo esporádicamente, muy esporádicamente, tengo los cajones ordenados.

El orden al que me refiero es aquel que se expresaba en la composición de objetos. Allí, Francisco Rodríguez aparecía en severa desnudez. Todo en ellos respondía a una fina y premeditada armonía. No solo guardaba los artículos cotidianos que pueden haber en cualquier oficina, esos cajones, a mis ojos, expresaban la relación que él tenía con el universo y consigo mismo. Eran descabelladamente personales.

Aunque han pasado años, podría evocar varias cosas que tenía allí guardadas, pero hacerlo me avergonzaría por dos motivos. En primer lugar, porque debería admitir que alguna vez abrí los cajones en su ausencia y sin su permiso. En segundo lugar, por revelar, aunque inocentes, sutiles detalles de su vida sin el consentimiento que ya no me puede dar.

No sé qué día murió. No lo recuerdo, pero ese fue el primer velatorio al que fui solo. Era un muerto mío. Y, perdón por la confesión, tampoco sé a dónde llevarle flores, ni a qué teléfono llamar. Pero tal vez porque presagié esta ignorancia, me atreví envuelto en un ataque de egoísmo, a llevarlo conmigo, robando de su escritorio una corbata que él ya no iba a tener ocasión de usar.

FIN

1 Comment

  • Diego
    Posted 8 de junio de 2021 at 17:32

    Creo que comparto todo lo que
    transmite el relato, que lindo
    recuerdo y con cada frase que
    armo recuerdo las correcciones
    que nos hacía. Que lindo equipo
    que teníamos…

Comments are closed.

0